Manejo Pataletas en los Preescolares

por Paula Sangüesa (2013)

¿Son normales?, ¿En qué consisten?

Las pataletas de los niños en la edad preescolar son parte normal del desarrollo emocional. La mayoría de los niños presentará estos episodios entre los 1-5 años de edad, con una mayor frecuencia entre 1 año y medio y los 4 años.

Estos episodios son gatillados por diversas situaciones, pero, independientemente de aquello que las inicie, todas reflejan el desborde emocional del niño que no puede reconocer, manejar ni expresar aquello que siente de otra manera, pues aún no alcanza un nivel de madurez neuropsicológica que se lo permita. En este sentido, las intensas reacciones de gritos, llantos, golpes, etc. de los niños en este período del desarrollo, son manifestaciones de situaciones que sobrepasaron los recursos del niño para enfrentar lo que ocurre en la realidad y, por lo mismo, dan cuenta de su dificultad para manejar las emociones negativas (rabia, pena, frustración, cansancio, miedo, etc.). Algunos autores hablan que en estos momentos el sistema nervioso se encuentra tan sobrepasado, que deja de responder de manera racional, como si se tratara de un “cortocircuito” o algo parecido a lo que le ocurre a los computadores cuando dejan de responder y se quedan “pegados”. Así como el niño en estos momentos ya no podrá responder preguntas, ni entender lo que le decimos, un computador por más teclas que apretemos no volverá a funcionar hasta que se “destrabe” lo que gatilló el colapso en su funcionamiento en un primer momento.

La capacidad de autorregulación emocional se irá desarrollando paulatinamente durante toda la etapa pre-escolar, en paralelo con la maduración cerebral y física, lo que irá dotando al niño de otras herramientas para manejar sus emociones. Así por ejemplo, con el desarrollo del lenguaje y la progresiva adquisición de vocabulario, los niños podrán comenzar a expresar y pensar con palabras lo que les ocurre, en vez de manifestarlo con las conductas típicas de una pataleta. O, por ejemplo, el desarrollo cognitivo irá permitiéndoles pasar de una etapa más sensorio-motriz (en la que el mundo se entiende desde los movimientos y sensaciones que tengo) a otra donde empiezan a poder paulatinamente pensar en lo que les pasa más simbólicamente y, por ejemplo, expresar sus conflictos por medio del juego.

La posibilidad de adquirir la habilidad de regular las propias emociones, requiere en este sentido de la maduración neuropsicológica por un lado, pero por otro, de la posibilidad de contar con un adulto que sirva de sostén emocional para ayudar a cuidar la seguridad del niño, calmarlo y pensar con él sobre lo ocurrido reconociendo las emociones y los pensamientos asociados una vez que este ya se encuentra en posibilidad de hacerlo. Siguiendo con la metáfora del computador, sería aquel que es capaz de, en primer lugar, tener la paciencia de esperar que el pc responda a alguno de los comandos que le doy, para luego “reiniciar” el computador y, una vez que funciona nuevamente como se espera de él, volver a reanudar lo que estaba haciendo. El contar con este adulto que sostiene y contiene mis emociones, que me ayuda a recobrar la calma, para luego ayudarme a mentalizar lo que me ocurrió, fomenta la progresiva internalización de este modelo, de tal manera que en un futuro el niño puede hacer con él mismo, lo que antes otro significativo hizo con él.

El desafío para los Padres en las Pataletas

Esto no es un proceso fácil para el adulto, pues pone a prueba en él también,  su capacidad de regulación emocional, pues no solo debe tolerar la intensidad emocional del niño en el momento del peak de la pataleta, sino que debe ser capaz de regular de tal forma lo que el mismo experimenta, que pueda ser capaz de responder en primer lugar a lo que el niño siente y necesita, sin reaccionar de manera impulsiva desde su propio mundo interno.  Así por ejemplo, el adulto tiene que ser capaz de regular e incluso posponer la rabia que le da que su hijo no obedezca (y desde ahí sus ganas de golpearlo, seguir retándolo, amenazar, etc.) o el miedo por las reacciones que tiene (y desde ahí su tendencia a paralizarse, ceder en situaciones que pueden ser perjudiciales para él, etc.), para poder ayudar a que primero no se dañe (por ejemplo se golpee la cabeza en una caída hacia atrás), se logre calmar y, luego, reflexionar sobre lo ocurrido.

Esto no significa transar la educación y como se dice “dejar que el niño haga lo que quiera”, sino comprender que el momento propicio de educar se da cuando el niño ha recuperado su capacidad de “estar presente” en su cuerpo, y poder poner atención, focalizarse y pensar. Todo lo anterior se pierde durante la pataleta, debido a la alteración del sistema nervioso.

Muchas veces las pataletas en la edad pre-escolar, se asocian a situaciones que se relacionan con la necesidad creciente del niño de ser más autónomo y, desde ahí, el imperativo de renegociar la relación de dependencia con los padres. Este proceso se vuelve intenso sobretodo cercano a los dos años, cuando los niños, dada su mayor madurez, pueden hacer varias cosas solos (el típico “yo puedo”, “yo solito” de esta edad), para la cuales antes eran completamente dependientes del adulto. En esta etapa el niño desea probar su creciente autonomía y sus habilidades recientemente adquiridas, lo que hace que busquen probar sus propios límites y el de los padres, siendo extremadamente sensibles a situaciones de frustración (ya sea, por ejemplo, porque no les resultó algo como querían, o porque deben obedecer a un “no” de los padres, etc.), volviéndolos más propensos a las pataletas. En este sentido, muchas veces las pataletas son la forma que tiene el niño de oponerse a la mirada infantil que los padres tienen de él y buscar afirmar su rudimentaria independencia.

Esto ha llevado a algunos a referirse a esta edad como “los terribles dos” y a hacer un paralelo de esta etapa con lo que luego pasará en la adolescencia. En este sentido en esta etapa lo que los niños necesitan es una adulto que respete y fomente la necesidad de ser autónomo y de explorar del niño y que al mismo tiempo se mantenga vigilante e intervenga cuando debe poner límites frente al peligro (que puede ser físico o emocional) que puede encontrar en la exploración del mundo y de sus propias capacidades, ayudar y acogerlo cuando sea necesario. Algunos autores señalan en este sentido que la guía es “seguir al niño siempre que se posible, e intervenir cuando sea necesario”.

Sugerencias:

Para finalizar y como conclusión, algunas sugerencias para manejar en esta edad las pataletas son:

  1. Estar atento a las señales y gestos que puedan señalar que me hijo está comenzado a entrar en una “crisis emocional”, pues no está logrando soportar lo que ocurre en esos momentos. Si se es capaz de leer estas señales antes de que la pataleta se gatille, se puede intentar prevenirla, desviando la atención del niño del foco de conflicto (por ejemplo: “oooo, que linda esa mariposa que acaba de pasar, ¿la viste?, ¿vamos a mirarla de cerca?”) o reflejando lo que se observa y sugiriendo alternativas de comportamiento para el niño entre las cuales puede ofrecerse ayuda directa al niño (por ejemplo: “me doy cuenta que te está dando rabia no lograr abrochar las zapatillas aunque has hecho varios intentos, ¿quieres que te ayude a ver cómo podemos lograrlo?).
  2. Preguntarse por los espacios que estoy entregando a mi hijo para el desarrollo de su autonomía. Si en esta reflexión descubro que estoy siendo demasiado restrictivo, puedo buscar la manera de entregar más posibilidades de libertad (por ejemplo, dar la opción de 2 poleras diferentes para que el niño escoja la que se quiere poner, levantarse un poco antes para permitir que tome su desayuno solo, etc.).
  3. Una vez iniciada la pataleta, recordar que ésta es una expresión de que mi hijo se siente sobrepasado por la situación y que, en ese sentido, primero debe recobrar la calma. En esos momentos no sirve intentar controlar la situación, razonar con él, buscar alternativas o amenazar con la relación. Se debe dar al niño al espacio y tiempo al niño para calmarse. En esos momentos, el padre debe intentar mantener también la calma, respirando profundo, pensando en otra cosa, etc. Si el padre reacciona de manera impulsiva en esos momentos, interfiere con la posibilidad de que el niño aprenda habilidades de autorregulación, entrega un mensaje de rechazo hacia el hijo que resulta muy perjudicial para el vínculo de apego y muestra un modelo donde la expresión desmedida de rabia se valida en la medida en que soy adulto, al castigar de la misma manera la conducta que estoy intentando controlar.
  4. El adulto puede acompañar esta actitud con palabras que busquen mostrar al niño lo que le ocurre y explicitar la posibilidad de tener un tiempo para calmarse: “me doy cuenta que estás muy enojado en estos momentos porque no puedes comer el dulce… vamos a esperar que te calmes y luego, vamos a ver si logramos conversar y entendernos”.
  5. Si se observan reacciones conductuales muy intensas, y que tras un tiempo el niño tiene problemas para volver a un estado de calma, sirven medidas de contensión física como abrazos. Para esto el adulto debe acercarse despacio al niño y estar muy atento si este nos permitirá acercarnos. Hay algunos niños que no soportan el contacto físico en esos momentos y ahí lo único que uno puede hacer es evitar que se haga daño a si mismo.
  6. Una vez que el niño recobre la calma, el padre debe reflejar y empatizar con la postura del niño, para luego poder explicarle el punto de vista adulto. Esto le transmite la idea de que el padre o madre entienden lo que piensa y siente, pero también existen otras razones que él desconocía.  Por ejemplo: “Yo sé que es muy entretenido jugar y que habrías preferido seguir jugando en vez de irte a bañar, pero ya es tarde y tu necesitas descansar y dormir para poder seguir disfrutando mañana de los juegos”.
  7. Finalmente, y aún cuando el niño este teniendo una pataleta, la atención del padre debe estar puesta en él  y sus necesidades, más allá de lo que los otros dirán. En este sentido, los papás deben trabajar sobre su propia seguridad personal, para evitar sentirse mal cuando el niño tiene una pataleta en lugares públicos. Ahí la relación y la opinión que más importa es la de mi hijo y la propia del padre, más que la de los desconocidos.
Esta entrada fue publicada en Noticias. Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.