Apoyar el desarrollo de la autonomía

A medida que los niños y niñas van creciendo, se espera que progresivamente vayan adquiriendo nuevos conocimientos y habilidades que los encaminen a un funcionamiento cada vez más autónomo e independiente. De hecho, esta suele ser una de las metas de crianza que mencionan más frecuentemente madres y padres al decir: “Quiero entregarle las herramientas necesarias para que haga lo que quiera con su vida” y que reconoce, sabiamente, que dicho proceso puede ser apoyado por un ambiente que refuerce positivamente al niño(a).

Sin embargo, este proceso no es fácil pues suele gatillar temores tanto en los niños(as) como en sus padres, enfrentando a ambos con numerosas situaciones en las que deberán poner en práctica su tolerancia a la frustración. Los niños(as) deben ir paulatinamente aprendiendo en sus propias habilidades para manejar aspectos en los que antes estaban acompañados por los adultos, y los padres deben ir paralelamente aprendiendo a confiar en las habilidades de sus hijos(as) para resolver situaciones que antes ellos enfrentaban por sus pequeños y apoyar en el reconocimiento y manejo de sus propios miedos y los de sus hijos(as). En este sentido conviene subrayar, que el miedo en sí mismo no resulta un problema, sino hasta que paraliza a padres e hijos en el crecimiento, manteniéndolos en una posición rígida de mutua dependencia.

Esto es lo que pasaba por ejemplo con Macarena, a quién su mamá hacía casi todas las tareas cuando ella se quejaba de que eran muy difíciles para hacerlas solita. Bastaba que Macarena mencionara su miedo a sacarse una mala nota, para que a su mamá recordara su propio miedo al fracaso escolar, y que para ella significaba consecuentemente fracasar como madre. Sin embargo, aunque esta actitud de la madre de Macarena estaba basada en un genuino amor por su hija, se sustentaba en un miedo propio que terminaba por insegurizar, más que segurizar a su hija. Si bien actuaba reconociendo la necesidad de dependencia y contensión en su hija, su respuesta desconocía la necesidad paralela de independencia de la niña.

Cuando un adulto sobreprotege termina por reforzar el miedo e inseguridad del niño(a), al actuar como si este no fuera capaz de hacerlo autónomamente. Si bien es rol del adulto el adelantarse en el manejo de situaciones que pueden sobrepasar las capacidades del niño(a), el hacerlo sin que esto sea necesario por temor a que sufra o deba lidiar con alguna consecuencia negativa, termina por resultar contraproducente. Equivocarse es parte del proceso de aprender y resulta una oportunidad irremplazable para fortalecerse y adquirir la experiencia necesaria para dominar diferentes áreas de nuestra vida. En este sentido, resulta de vital importancia que los adultos revisen sus propias expectativas respecto a los resultados durante el proceso de aprendizaje del niño(a), procurando conocer y aterrizar las expectativas que también tienen sus hijos(as) sobre sí mismos.

Las madres y padres pueden ayudar a sus hijos a enfrentar los desafíos que van acorde a su edad, ayudándolos a reconocer y expresar sus temores (con dibujos, obras de arte y juegos) y recordando ocasiones en el pasado en las que el niño(a) ha logrado aprender cosas nuevas y manejar sus miedos. También pueden entregar mensajes de apoyo como “¡Lo estás haciendo bien!” o “Tú puedes” y enseñarle a reflexionar y perseverar frente a las dificultades señalando por ejemplo: “Intenta de nuevo”, “¿Quizás hay otra forma de hacerlo?”, “Trata de otra manera”.

Fomentar el desarrollo de la autonomía también requiere de tiempo y paciencia, pues adquirir nuevas destrezas es un proceso que no puede acelerarse. Poco a poco los niños van adquiriendo mayor rapidez, pero para eso requieren de numerosas sesiones de práctica. Como dice el viejo dicho “la práctica hace al maestro”. Así por ejemplo, antes de lograr comer solos los niños(as) botan comida al suelo, antes de aprender a vestirse solos, se demoran mucho en colocarse cada prenda, antes de aprender a leer, se toman bastante tiempo en intentar descifrar cada sílaba, etc. También requiere de aprender a valorar las opiniones del niño(a), dar posibilidades de elección y valorar las diferencias que pueden existir. En este sentido la tendencia a privilegiar la rapidez o comodidad por parte de los padres, suele ser uno de los grandes enemigos en este proceso, pues los tienta a resolver las situaciones por sus propios medios.

En el desarrollo de la autonomía infantil resulta de vital importancia el que los niños(as) perciban que sus padres valoran estos comportamientos, se sienten orgullosos de los espacios de independencia que conquistan, transmitan la idea de que ellos están bien cuando están separados de sus hijos y que los recibirán con cariño cuando termine su exploración. Para esto resultan útiles las felicitaciones por “ser tan independiente”, “por haberlo hecho solito”, el estimular a los niños a jugar con otros niños, ir al jardín o al colegio y compartir con otros adultos. También resulta útil el que los padres compartan con sus hijos, lo que hicieron mientras no estaban juntos y las anécdotas gratificantes de momento.

Aprender a valorar y disfrutar el proceso de ensayo-error, fomentar la exploración, dar opciones, valorar las diferencias, tomarse con humor las equivocaciones, manejar las expectativas, hacerse el tiempo, permitirse soltar el control, tolerar el desorden, aceptar los temores, contener emocionalmente, reforzar la seguridad, fomentar espacios de independencia y compartir lo vivido son todas funciones de los padres y madres que reconocen la importancia de atender a las necesidades de dependencia, al mismo tiempo que se refuerza la autonomía de los hijos.

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